Zona tres
de Juan M. Sánchez
del libro El miedo de los días
La posibilidad de quedar enfrentado al paisaje triste y sin revocar de los entrepisos es casi nula. Cuando llego al séptimo y el ascensor frena, espero un rato sin hacer nada. Uso esta quietud para mí. Escucho el zumbido de las dicroicas sobre la cabeza. Ya me bajo.
Huelo, en el aire fresco del palier, la fragancia del sahumerio Nag Champa que llega de lo de Soldano en el “B” y noto, bajo la puerta, su sombra que se mueve, se va, le cede el espacio una línea de luz blanca. Como si hubiera estado viéndome por la mirilla salir del ascensor, curvado en el efecto angular, cerrar la puerta tijera y caminar en la penumbra dos pasos antes de darme vuelta para mirar hacia su lado. ¿Habrá escuchado él también el eco de mis pasos y el ruido de vidrios rotos que vino del lado de mi casa?
Camino. El automático enciende la luz que durará unos segundos. Antes de meter la llave en la cerradura reconozco la voz de mi mujer, un tono, una cadencia de puteadas. Intento, pero no llego a entender con precisión lo que dice. Y empiezan los dolores. La luz del pasillo se apaga.
Entro a casa. Mi mujer viene de la cocina. No saluda. Trae el celular en una mano y en la otra un paquete. Me lo entrega sin mirarme. Se ríe de algo en el celular mientras vuelve a la cocina. Desde ahí me grita que lo saque yo. Miro el paquete. Lo sostengo como si estuviera acunando un bebé. Está hecho con diarios y tiene pegado un papel escrito en cursiva con la palabra “vidrios”. La V corta empieza con un rulo que parece un brote y pega un giro perfecto hasta bajar en línea recta y volver a subir. Las otras letras respetan la caligrafía hasta la S del final que cierra en un firulete y subraya toda la palabra. No voy a sacarlo ahora, pero digo en voz alta que ya voy. Sigo con la puerta abierta y, antes de cerrarla, miro hacia la otra punta del palier. Otra vez la sombra en lo de Soldano.
Me agacho para dejar el paquete en el piso y siento una puntada en la cabeza. Escucho a mi mujer repiqueteando las uñas sobre la mesada. A veces hace eso. Podría ser que espera a que caliente el agua para el mate, que haga cálculos para irnos de vacaciones, que esté leyendo el menú de un restaurant, o a punto de decirme algo específico, o por incendiar el mundo. Pregunto en voz alta y fuerte si vamos a tomar mate. Ella no responde. Deja de repiquetear unos segundos, pero enseguida sigue.
En el living me muevo dentro de una luz violeta y un tufo extraño como a supermercado. Levanto la persiana del balcón. Algo se anuda en mi nuca mientras tiro de la soga y la resolana entra. Las nubes me dan cierta perspectiva, una sensación de vértigo. Lo que nos mantiene pegados al suelo es caprichoso, algo que responde al absurdo, justificable desde la lógica de la física pero que, así como funciona, podría, un día cualquiera, dejar de funcionar, y esa disfunción ser justificada de igual manera. Mientras tanto habremos de caer al espacio. Aunque según dice de mí mi mujer, últimamente, yo seguiría siendo un imbécil, congelado, pensando. Como ahora que pregunta: ¿A ver? ¿En qué pelotudez te colgaste? En que podría estar colgado de verdad, pienso; aferrado a la soga de la persiana mientras la humanidad cae al espacio; mi mujer, por estar dentro de la casa, pegaría contra el techo, giraría hasta el balcón, quizás la reja la contenga un rato. Pero ¿cuánto?
¡Che!, me dice. Está apoyada en la puerta de la cocina con un mate en una mano, señalando el techo con la otra. Me cuesta recomponer su imagen. Enfoco. La veo descalza, en jardinero de jean y lo que antes creía un mate es en realidad un cenicero. No me señala a mí. No señala nada. Está fumando. Por el olor sé que es un porro. Lo siento mezclado al tufo de antes. Me duele la cabeza desde el cuello. Cierro los ojos, me los refriego y, apenas se disipan unas manchitas semitransparentes, noto las cosas sobre la mesa del comedor. Un dulce de naranja BC casi terminado, dos botellas de Coca Cola, una Light y la otra Zero, un paquete de pan de semillas, tres tuppers con algo de no sé qué, una planta de lechuga ennegrecida, dos cebollas, un atado de menta, un paquete de salchichas abierto, también están los dos kilos de naranja que compré hace una semana, un pollo, varios frascos de mostaza a la antigua que solo le gustan a mi mujer porque a mí me hace repetir.
Levanto el paquete de salchichas. Cae un jugo viscoso parecido a una lombriz transparente. Lo vuelvo a dejar. Mi mujer fuma sin quitarme la mirada de encima hasta que me informa que Castañón se murió.
Dice que lo guardó en la heladera porque no sabía qué hacer. Da otra pitada. Aspira el humo que parece una pelota de algodón. Después se pone un poco de baba en los dedos, apaga el porro y lo apoya en el borde del cenicero. Vení, me dice. La sigo. El dolor parece que se me pasa, pero enseguida vuelve.
En la puerta de la heladera hay una nota con letra de mi mujer: “leche, yogurt, Vívere, All Bran”. Dibujó una flor en una esquina del papel y una calavera en la otra. Me explica que a Castañón lo metió en un tupper y yo tengo que fijarme qué voy a hacer, y rápido, y no dejarlo para después, ¿o me pienso que no se dio cuenta de que el paquete de vidrios no lo saqué? Después dice que las cosas que están en el living se van a echar a perder así que hay que agregar lo que se necesite a la nota de las compras pero que eso lo va a hacer ella, mi letra es una bosta; que me apure con Castañón porque el bichito ese es mío, ella nunca lo quiso acá adentro de la casa, incluso le daba la sensación de que la observaba todo el tiempo mientras yo, pancho, en la mía, afuera, sin enterarme de un carajo de nada de lo que a ella le pasaba. Punto, dice y se va. Miro por la ventana que da a la cara interna del edificio. En la de Soldano se apaga la luz. Me asomo en puntas de pie. En el borde de la ventana de Linares hay una paloma, el vidrio es esmerilado y lo tiene lleno de calcomanías; una cuadrada, nueve rectangulares, ocho ovaladas y tres redondas. Desde mi punto de vista son todas blancas, no dicen nada. ¿Quién escucha una cumbia romántica?
Pienso envolver a Castañón en un paquete, pero no hay más diarios. Encuentro la cinta de pintor sobre la mesada. Me la pongo en la muñeca izquierda como si fuese una pulsera. Entra mi mujer. Viene mirando el celular y como de la nada pega un grito. Levanta el pie derecho. La re concha del mono, dice. Se va saltando en una pata y mientras la sigo le pregunto qué le pasó.
Entramos al baño. Se clavó algo. Bajo la tapa del inodoro y la ayudo a sentarse. Hago que ponga el pie en el bidet y dejo correr agua. Del botiquín, entre sus pastillas, busco la pinza para depilar, alcohol y algodones. Le saco una astilla de vidrio que es, en relación al grito que pegó, mínima. Aunque sale bastante sangre. Quizás mezclada con el agua, diluida, parece más. La curo. Debe arder. Pero hay que desinfectar. Los pies descalzos juntan muchos microbios y bacterias peligrosas. Puede que exagere, pero por las dudas le pregunto si se acuerda cuándo fue la última vez que se dio la antitetánica. No se acuerda. Habría que ir a una farmacia. Después vamos, dice; pero ahora terminá con eso, amor. Me mira. Mete los labios para adentro. Asiente. Se abanica la cara con la mano y suelta los botones del jardinero. La pechera cae. Queda en corpiño. Miro las líneas que se le forman en las abdominales, una gota de transpiración baja desde el cuello por el centro del pecho y queda sobre el piercing celeste que tiene en el ombligo. No dice nada cuando el algodón le toca la herida; me mira con el mismo gesto. Improviso un apósito con algodón y cinta de pintor. Ya está. Ella me agarra por el cuello, se acerca como para besarme, pero antes de que nuestras bocas se junten gira mi cabeza y me lame una oreja, después me mira en un punto indefinido de la cara y los ojos, me da un beso combinado de mordiscos y pasadas de lengua al mismo tiempo que me chupa la pera como si estuviese comiendo una naranja. Algo que nunca había hecho antes. Y gime. Despacio va en aumento. El sonido rebota sobre los azulejos, se retroalimenta y amplifica. Empieza a frotarme la pija por arriba del pantalón. Me acomodo como puedo entre el inodoro y el bidet. Ahora le toco las tetas. Aprieto. Amaso. Pellizco. Paso los dedos por debajo del alambre del corpiño y lo levanto. Quiero chuparle el pezón. Busco la manera. Casi llego con la punta de la lengua. Sigue frotándome. Estoy por acabar. Muevo algo y se activa el chorro del bidet. Ella se ríe, lo apaga, acelera los movimientos y me hace acabar. Cuando se levanta dice que mejor vayamos al cuarto y la veo salir rengueando. Los tiradores del jardinero se arrastran por el piso mientras termina de sacarse el corpiño sin desabrocharlo y lo tira. Me quedo un instante detenido en los últimos espasmos del placer con la remera húmeda.
“Sí. Totalmente. Hidratar siempre. Y si podés comprate algún suplemento de carnitina con aminoácidos. Los venden en cualquier farmacia. Si no avisame y yo te compro uno”. Mi mujer envía el mensaje de voz. Está en la cama, en tetas. Miro sobre la cómoda la jaula de Castañón, el aserrín, el bebedero, el puñado de mix Nelsoni Ranch que le puse esta mañana mientras corría en su rueda verde, dentro de su horizonte de rejas, con la pared de atrás que tiene la foto de nosotros dos en la Garganta del Diablo. Yo también miro mucho esa foto. Me hace pensar que en una dimensión paralela en vez de estar sonriéndole a la cámara estamos con la cara deformada de pánico, la baranda que nos separa del salto rompiéndose y nosotros en ángulo inevitable de caía. Castañón murió sin comer su suplemento, creyendo que la vida era eso: que las barandas aguantan en las fotos para siempre. En algún momento lo voy a tener que sacar de la heladera ¿llevarlo a una plaza? ¿Tirarlo a la basura? ¿Habrá que agregar en la nota de la heladera “sacar a Castañón”?
Acabaste, la puta que te parió, se queja cuando me ve la aureola en el pantalón. Me acerco a la cama. Siento una puntada en la sien. De cualquier manera, sigo con ganas; quisiera desnudarla, lamerle la concha, morder, que también ella acabe, que vuelva a gemir, más fuerte. Pero me aparta con la mano. Y estar agachado empeora la puntada. No llego a escuchar lo que dice. Asumo que será algo relacionado a mi precocidad. Hacía seis meses que no nos tocábamos. Desde que la administración instaló el grupo electrógeno para el edificio. Me acuerdo porque fue el mismo día que traje a Castañón.
Estábamos acá, en esta cama. Ella se había puesto boca abajo. Cogíamos. Sonó el timbre varias veces. Era Soldano para pedirme el favor de bajar con él. El otro del consejo no había llegado y se necesitaban dos propietarios presentes durante la instalación. Así que fuimos a la cochera, a mirar y, en general, fue lo que hicimos. En aquel momento Soldano era distinto. Algo más panzón, más pelado, más básico, más insulso, más encorvado, más de pararse con las manos entrecruzadas detrás de la espalda balanceándose. Hoy es menos de todo eso, aunque sigue siendo seguidor de Sai Baba. De sus cambios me fui dando cuenta de a poco. Mi mujer dice que para ella está igual, que no le parece que haya sido como yo digo que era.
Habían venido cuatro instaladores, pero se quedó solo uno haciendo los últimos retoques mientras los demás lo esperaban afuera en una camioneta. Nos explicó que el grupo tenía una función de latencia; algo así como que estaba todo el tiempo activo y por sí solo detectaba los cortes de luz, además dijo algo de una plaqueta nueva, de última generación. Lo que había que ir viendo cada tanto era el aceite; es casi como el motor de un coche, nos resumió. Soldano se ocuparía de la llave de mantenimiento para abrir y cerrar el panel de control. Ahí, cuando el tipo le entregaba la llave a Soldano, apareció Linares, la del segundo “B”. Le había comprado un hámster al hijo, pero resultó alérgico. Nos preguntó si sabíamos de alguien o incluso si alguno podría tenérselo, por unos días, hacer un tránsito, hasta que le encontrase un hogar donde pudiera ser feliz, total no ocupaba mucho espacio. Soldano, rascándose una ceja con la llave, me preguntó por lo bajo si se referiría al hijo o al hámster. El tipo de la instalación acotó que un suegro suyo, fallecido, criaba de esos en Ramos Mejía y los vendía a las peleteras. Soldano pareció interesado en ese asunto. Ellos se apartaron para hablar por su lado. Linares y yo por el nuestro. De qué hablaron mientras Linares me iba convenciendo no tengo idea. Sé que Soldano concluyó la charla cuando dijo que cualquier cosita él se comunicaría con ellos, sin intermediarios. Ahí se nos volvió a acercar y aclaró que el hombre se había confundido con chinchillas. Sí, eso, era otra cosa, dijo el tipo. Nos hizo firmar un papel de conformidad y se fue. Subimos los tres al ascensor. Antes de bajarnos con Linares, Soldano se pegó un golpecito en la cabeza; ya mismo le dejo a tu señora la caja de herramientas que me prestó el otro día, te pido mil disculpas, dijo.
Era un hámster Ruso, especificó Linares. El nombre Castañón se lo había puesto el hijo que, entre el llanto y la hinchazón, no se le entendía nada. Volví a casa. Lo dejé al final del pasillo, al lado de la puerta del baño. Mi mujer dormía. La desperté, desnudo. Esa fue la primera vez que no quiso saber nada con coger.
Te lo vas quedar vos al bichito ese, vas a ver, me decía. Y tenía razón. Linares se ocupó de todos los gastos el primer mes, hasta que le dije que me lo quedaba y que me hacía cargo yo. Unos días después tocó el timbre de casa y me pidió que se lo devolviese. Lo del hijo parecería que fue otra cosa, ya estaba mucho mejor, incluso mejor que antes. A mí, Castañón me ayudaba con las migrañas, aunque cuando lo pasé al cuarto ya no me hizo efecto, pero le había tomado cariño. Así que no, ya era mío. Linares no me habló más.
Me hago masajes en las sienes. Ayuda un poco pero no alcanza. Apagá la luz y cerrá la puerta cuando salgas, dice mi mujer. Apago la luz. No cierro la puerta. Mi segunda rebeldía de hoy. Salgo al pasillo. La luz del baño quedó encendida. No la apago. Tercera. Me apoyo en la pared para descansar. El dolor, así como vino, se va. O quizás no sea que se haya ido, sino que me estoy acostumbrando, y cuando pienso que ya está, que ya pasó, reaparece con más intensidad. Como con esos ruidos de baja frecuencia que pueden estar todo el tiempo y que recién se notan cuando se apagan. Hay días que son peores que otros. Hoy en particular es el peor. ¿Será posible?
Voy a la cocina a ver qué hago con Castañón. Cuando paso por el living siento cómo vuelve el dolor. Me quedo quieto. Avanzo. Vuelvo a parar. Me muevo por el living. Hay momentos en que el dolor parece menguar, apaciguarse, y momentos en que se vuelve palpable. Sigo probando. Descubro que esos momentos de dolor o bienestar se relacionan con zonas específicas, y son siempre las mismas. Frecuencias. Eso. Una forma de onda sinusoidal de valores negativos y positivos. Unos, en su máxima expresión, me producen dolor, y los otros su opuesto absoluto. En el living por ser el ambiente más amplio de la casa están las dos. Cerca de la puerta de entrada hay una zona de bienestar. Hago una cruz sobre el parquet con la cinta de pintor. A medida que me acerco al balcón aparece la puntada de la nuca a la cabeza. Veo el cielo. Se encapotó. Siento arcadas. En un esfuerzo me agacho para marcar una raya con la cinta. Salgo de esa zona con gusto a bilis en la boca. Vuelvo a la cruz. Recupero el aire. Entre el living y el pasillo paso por otra zona negativa, la marco. Al final del pasillo encuentro una zona positiva que abarca el baño. Hago otra marca. Hay gotas de agua en el piso. En la pileta está el algodón empapado con una manchita roja y oscura, la pinza quedó al lado de la jabonera. Me siento en el inodoro. Ahí es donde estoy mejor. ¿Qué haces?, mi mujer está parada del lado de afuera. Se abrochó el jardinero. Mira el piso y dice; acá está. Levanta el corpiño y me consulta con una sonrisa pícara si se lo vuelve a poner, pero se responde sola, dice que está muy cómoda, que se queda así. Me tira el corpiño a la cara y después pregunta si ya estoy para volver a arrancar. La mancha del pantalón se secó un poco, pero todavía se nota. Intento explicarle lo de las frecuencias y dice que soy un loco, así me dice: Sos loco, vos. Otra vez se contonea camino al cuarto. La sigo. Algo cambia. Cuando llega al borde de la cama frena en seco y se congela en el lugar. Está mirando la jaula de Castañón. A mí me agarra un calambre en el dedo gordo del pie derecho, después en el izquierdo y seguido se me acalambran los gemelos. Me contengo de gritar. Pero la que grita es mi mujer increpándome a sacar esa cosa de ahí. Me acerco a la jaula. En ese punto se me nubla la vista y me da como un pinchazo en la boca del estómago. Hago una marca con cinta en el piso y después levanto la jaula. Resulta muy pesada. En el esfuerzo vuelco el bebedero y algunas hebras de aserrín. Ves que sos un imbécil, dice mi mujer y me saca a empujones del cuarto. Llego trastabillando hasta la puerta del baño, al final del pasillo. Dejo la jaula en su lugar original. La rueda verde se mueve un poco. Caigo como vencido, con la espalda sobre la pared, hasta sentarme. Mi mujer sale del cuarto. No me ve. Va para el lado del living. Se acomoda la bombacha tironeando desde afuera, frena, mira su celular. Después la escucho en la cocina; ruido a polietileno, se abren y cierran las alacenas, el cajón de los cubiertos, uno, dos, cuatro chasquidos de encendedor, un suspiro, un trueno. Me concentro más: mis latidos, cada centímetro cúbico de sangre moviéndose a través de mis venas, la suavidad de los pelos en mis brazos que captan una correntada de aire, una acidez agradable que llega de la jaula de Castañón y, contaminándolo todo, las cosas que siguen oreándose sobre la mesa del comedor. Veo pasar a mi mujer hacia el lado del balcón, a través del recuadro que forma el otro extremo del pasillo, de izquierda a derecha, con una bolsa de basura, por delante del mueble de madera con los libros, la tele, los DVDs, la virgen de la lluvia que está rosa y, por un instante, un relámpago que le da a la cara un resplandor púrpura que continúa a través del pelo, que es lo último que queda de su paso antes de desaparecer y dejarme con la sensación, no solo de haberla visto pasar, de izquierda a derecha, con una bolsa de basura, si no de haber visto cada paso que dio como si fuesen, en sí mismos, una cosa independiente de la otra y no la continuidad de una acción única. No quiero moverme de lugar. Al otro extremo del pasillo veo sobre el piso la marca negativa. Ella tararea “La ventanita” del grupo Sombras. Se interrumpe cuando tocan el timbre. Pasa en sentido inverso. Sin la bolsa. Abre la puerta. Habla con alguien. Una voz masculina. ¿Soldano? No se entiende lo que dicen. Cierra la puerta y vuelve a pasar hacia el otro lado. Tengo que ver. Ya voy. Me levanto. Ya no me siento tan bien. Acelero el paso para saltearme la zona negativa. Aunque evito pisar la cinta, o quizás a causa de eso, me tropiezo. Pongo las manos para amortiguar. Los músculos no responden. Así que lo primero que llega al suelo es la punta de mi nariz que se achata en el cartílago central y después, en paralelo, cada fosa se arruga hacia adentro y, ¿Soldano?, ¿me necesita para algo?, ¿habrá que bajar a ver?, no puedo ahora, le tendría que avisar que no puedo, ¿era Soldano? Primero caigo; que la piel aplastada de mi nariz expulse de cada poro una pasta blanquecina, que se haga chorizo a medida que salga, que de roja pase a blanca por la presión, el peso de mi cabeza y la velocidad de la caída; el color de la carne sin sangre, el color que debe tener Castañón bajo su pelaje que no sirve para piel, en un tupper, adentro de la heladera, frío, rígido, víctima quizás de lo mismo que yo, habrá tenido él también sus migrañas, o sus zonas dentro de su jaula, pero para Castañón, chiquito, liviano, mortal…
Y yo no puedo descartar un desenlace parecido. Mucho menos después del crack que suena en mi tabique, los ojos, mis ojos que se cierran sin voluntad, puro reflejo, la dureza del golpe seco contra la frente, la cara y el cuerpo, los brazos flexionados, un huevo que se me aplasta entre el suelo y la ingle.
Creo que me sangra la nariz. Pero igual siento una fragancia distinta. Giro la cabeza. Hay una naranja debajo del sillón en donde está sentada mi mujer tapándose la boca. Mueve los hombros como si estuviera llorando. Pero se ríe. Hacelo de vuelta, dice. Me levanto despacio. Estoy mareado. La mesa está vacía. Solo queda el moco del paquete de salchichas. Me cosquillea la nariz. Sangre. Necesito moverme de zona. ¿A dónde vas?, pregunta mi mujer que está reemplazando la cinta con algodón por una curita. En la zona positiva cerca de la puerta me deja de sangrar la nariz. Se me manchó la remera. Me recupero. Pulso, respiración, inhalar, exhalar, pulso, respiración, pulso. Ella se levanta. Agarra la bolsa de basura en la que es evidente metió las cosas. Se acerca hasta mí. Trae el ceño fruncido y duro. Pero a medida que está más cerca los párpados se le aflojan, caen sus cejas, la boca hace una mueca de sonrisa que, ahora que está al lado mío, ya no es una mueca sino una sonrisa completa. Apenas ve mi remera cambia el gesto por uno de preocupación; mirá cómo tenés, esperá que te traigo una remera limpia, dice y deja la bolsa en el suelo. La agarro del brazo y le pido que se quede acá, conmigo. Tengo ganas de llorar. La abrazo. Su cuerpo es tibio sobre la humedad de mi remera. Siento como sus pulmones se expanden con cada inhalación. Pulsos. Y lloro con mocos y lágrimas pesadas. Hipo intentando explicarle lo que pasa, pero no puedo. Me acuerdo del hijo de Linares. Debo tener la cara hinchada, los párpados llenos de venitas azules. Estoy como adormecido sobre el hombro de mi mujer que me pasa la mano abierta, dibuja círculos sobre mi espalda.
Hasta ahora encontré cinco zonas y sospecho de una sexta: tres positivas, tres negativas. Los lugares entre medio son de pasaje. Supongamos que estamos en la zona número uno, la que está cerca del sillón es la dos, esa es negativa, la de la entrada al pasillo también, pongámosle cuatro. En nuestro cuarto hay otra negativa que debería ser la seis. Pero tenemos de las otras. Esta es la uno, la del baño o final del pasillo sería la tres y si no me equivoco la cocina debería ser la zona cinco. Así nos quedan pares e impares. ¿Entendés?, le digo.
Ella termina con el abrazo. Apoya las manos sobre mis mejillas. Siento el contraste entre sus palmas frías y mi cara enrojecida. Estamos juntos. Disculpame, dice y se va a la cocina. La sigo. Saca un vaso e instintivamente abre la heladera. La cierra de un portazo; todavía está eso ahí, ni una cosa hacés, ni una, dice. Abre la canilla y llena el vaso. No puede ser. Siento un tirón en el ciático, se me vencen las piernas, mi cabeza se expande de adentro hacia afuera. Quedo arrodillado. Ella exige que me levante, que haga lo que me dijo, y de paso que me lleve la bolsa del living. Insiste con lo del paquete de vidrios. Pienso en el error. Pero no es eso. Para cada zona negativa debería haber una positiva o viceversa. Hago una marca en el piso. Hago un recuento. Ella deja el vaso con agua, me saca la cinta, la tira por la ventana y se va. Todavía ondula el agua en el vaso cuando me levanto. Soporto el dolor. Abro la heladera. Dentro de un tupper, envuelto en papel film, Castañón parece un animal arqueológico congelado hace millones de años. Lo saco y lo llevo conmigo hasta la puerta del baño. Moverme me quita mucha energía, pero acá me recupero y me acuerdo de un juego de la Commodore 64 cuando era chico; un chaboncito con un tanque de oxígeno y una hélice en la espalda recorría cavernas subterráneas, pero tenía que apurarse porque se le terminaba el aire. Para poder seguir bajando y pasar de nivel necesitaba encontrar unas canillas que le restituían lo que había consumido. Había animales extraños a los que eliminaba con un rayo que le salía de los ojos o del casco. Pero también se encontraba con obstáculos, mayormente paredes. Usaba unos cartuchos de dinamita para derribarlos. Ahora podría quedarme a vivir en este espacio. La cama grande no entra. Compraríamos una más chica. Para eso hay que salir a la calle. ¿Hasta dónde llegan estas zonas? ¿Y si afuera hay demasiada distancia entre zonas y me quedo anclado en el dolor?
Meto a Castañón dentro de su jaula. Escucho que llegan mensajes al celular de mi mujer. Busco sus pastillas en el botiquín. Necesito ocupar las dos manos para agarrarlas todas. Voy al cuarto. Me ve entrar y levanta la vista de su teléfono. Está recostada con las piernas cruzadas. Enseguida siento cómo algo en la boca del estómago se me empieza a trabar. Última rebeldía. Le muestro las pastillas y le digo que lo que voy a tirar es esto, y que de lo otro se ocupe ella en vez de estar mandando mensajitos. Llego con lo justo a la última palabra. Salgo corriendo hacia atrás, gozándola con las pastillas. Ella me sigue por el pasillo; primero sonríe, después muestra los dientes. Freno en zona uno. Ella se queda mirándome desde zona cuatro. Está agitada, como si hubiera corrido kilómetros. Extiende una mano con la palma hacia arriba; dámelas, dice. Le pido que me escuche, que se acerque. Dámelas, uno. No era esto, le digo, ¿no ves? ¿No ve? Dámelas, dos. Agarro la bolsa de basura, la abro. Dámelas, tres. Tiro las pastillas dentro de la bolsa. Ella cae encima mío, pero no logra tirarme y la inercia me deja cerca de la puerta. Pierdo el equilibrio, trato de agarrarme del picaporte. Mal cálculo. Me engancho y se me levanta un poco la uña del índice derecho. El dolor empieza en el codo, sigue por el brazo hasta la punta del dedo. Por debajo de la uña se forma una mancha negra, la yema late. Perdoname, dice desde el piso. Llora. Vuelve a pedirme perdón. Revuelve la bolsa. Elije una de las cajas. Yo me chupo el dedo y me acerco. No hace falta que tomes esto, digo, esperame acá pero no te muevas.
El dedo machucado resulta muy útil, detecta con precisión el paso entre zonas, pero no encuentro más de las que ya conozco. Mi mujer me verá ir y venir con las manos hacia adelante como hacen los sonámbulos en los dibujitos animados. Sigue en el piso, en zona uno, con las piernas flexionadas, tomada por las rodillas. Salgo al palier. En la puerta del lado de afuera hay una negativa. Sigo. La luz del pasillo se enciende. A la altura del ascensor hay una positiva. Me quedo quieto acá. Escucho un giro de llave en la puerta de Soldano. Se apaga la luz. Desde casa llega un resplandor intermediado con la silueta de mi mujer a contraluz bajo el marco de la puerta. Se está limpiando las lágrimas con el antebrazo. No distingo gestos. Al segundo giro de llave de Soldano corro a casa. Se enciende la luz del palier. Ella no quiere dejarme entrar. La empujo y pateo el paquete que se desarma y desparrama vidrios. Soldano me llama. Dice algo así como: eh flaco, o parecido. Llego hasta la jaula con Castañón, la agarro, entro al baño, me encierro. Vienen.
Soldano en mi living. Lo escucho. Le advierte a mi mujer que tenga cuidado; ojo, dice. Y escucho pisadas que aplastan vidrios. Pregunta si está bien. Ella dice que sí, que va a buscar una escoba. Debe estar asomándose, dando pasos cortos y cautelosos; debe estar viendo la bolsa negra, las marcas en el piso; debe estar oliendo el olor de una casa que no es la suya, impregnándola con su fragancia Nag Champa. Abro la puertita de la jaula. Levanto a Castañón. En mi palma es una bolita acurrucada. Le soplo algunas hebras de aserrín. Tiro del film. Castañón gira a medida que lo desenvuelvo. Permitime, dice Soldano. Escucho que barren. Castañón cae panza arriba en el último giro; el pelo húmedo, las patas contraídas y la cabeza de costado. Un cuerpo frío que se va aclimatando a mi temperatura, a mi pulso. Y la pata derecha de atrás se acomoda. Estamos en zona positiva. Ellos afuera se mueven, hablan. En voz baja. Igual que antes. Me nombran. Susurran. Los escucho cerca del otro lado de la puerta. Nuestra zona. Mía y de Castañón. Junto las palmas, lo aprieto con los pulgares sobre el pecho. Pulso. Las patitas se abren y cierran. Pulso. Un paso en el pasillo. Sí. Están ahí. Pulso. Un golpe en la puerta. Que le abra, dice Soldano. Si quiere que haga aparecer una dinamita. Que me liquide con rayos. Pulso. Un huesito roto. Mi mujer dice que me ama, que salga, que qué hago encerrado. Pulso. Soldano la consuela. Acá estoy bien y Castañón mejora. Pulso. Lo pongo en su rueda verde.
Juan M. Sánchez es músico, escritor y estudiante de la Licenciatura en Artes de Escritura de UNA. Dedicó gran parte de su recorrido creativo a componer su propias canciones y otra parte a escribir. El miedo de los días es su primer libro de cuentos.
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