Bonaerencia
de Diego Ontivero
Capítulo 5 del libro Bonaerencia
El Club de Pelota y Esgrima, en la calle Moreno, es uno de los primeros que se fundaron en Buenos Aires. Inaugurado en 1885, reabrió su frontón con esfuerzo luego del incendio que en 2004 destruyó parte de las instalaciones.
Como parias hurgando el tiempo, sus socios rescatan aquello que el fuego borró de sus paredes y lo superponen a las nuevas como en un calco.
Una de las cosas que hizo Oscar al llegar a la Capital fue hacerse socio y pasar ahí gran parte del tiempo. Luego encontró en Marcos a un fiel acompañante que, observando, entendió el juego y a los doce, sorprendente desde el principio, ganó su primer torneo. Las vitrinas lucen varios trofeos con su nombre.
Es un joven de perfil bajo y condiciones notables para el deporte. Célebre entre los socios, no tiene muy claro cuánto hay de pasión y cuanto de mandato paterno en su afición, pero su personalidad mansa se tergiversa al entrar al trinquete.
De estilo rápido y desconcertante, es probable que, en un futuro, bauticen el frontón con su nombre, lo que para Oscar sería “tocar el cielo con las manos”.
Ahora es él quien acompaña a su hijo, mientras habla con sus amigos de siempre: Aníbal Letani, Natalio Fortuna y Claudio Vienessi.
Tiempo atrás los cuatro compartieron el frontón y ahora se dedican a detectar las nuevas promesas. El hijo de Claudio, Amílcar, es la dupla deportiva de Marcos. Ambos se entienden a la perfección dentro del juego. pero no tienen vínculo fuera de la cancha.
Se trata de un deporte vertiginoso que le exige a todas las extremidades. Ambos brazos deben ser rápidos y fuertes, en concordancia y balance con las piernas. Se requieren buenos reflejos y una notable resistencia del cuerpo, siempre en movimiento dentro de la cancha. Cuando un amateur reúne estas condiciones hay que seguirlo de cerca.
―La paleta es tu elemento, no hay duda Marquitos. Si alguna vez pensás dejarla, vas a estar perdido. Hay quienes encuentran su virtud en el piano, en el dibujo o los negocios. Y vos acá tenés la senda.
―¿Seguro? Están federando a pibes muy jóvenes, excelentes pelotaris de apenas diecinueve o veinte.
―Seguro es poco. Nuestros héroes son hombres de más de treinta. Gente con experiencia, sin desequilibrios hormonales.
Marcos no vive el deporte como una presión, solo alguna que otra vez se preocupa por el tema. Si bien no tiene claro lo que busca, tampoco sabría qué hacer si dejara el club.
El partido está a punto de comenzar y se dirige al trinquete convencido de alcanzar otra victoria, confiado en su experiencia y en el fervor de ser local.
―Vas a tener que tirar por abajo ¡rasante! Fijate la relación entre las piernas y el tórax. Tiene fuerza en el tiro pero su punto débil es la elongación, eso le cuesta. Si tirás al ras ganás el partido ―aconseja Oscar.
―¿Y si él tira por arriba?
―Suplís la altura con ese salto de gacela que no sé de dónde sacás. Hace rato que intento capturarlo en una foto, pero con esta mierda de cámara no lo consigo.
Amílcar sigue a su compañero. Silencioso y cortando el paso de Oscar que, enardecido, se frena al borde del trinquete.
Marcos se desliza con elegancia, desplegando un singular equilibrio entre técnica e intuición. Jugador atípico, sutil cuando acompaña pero implacable al momento en que define un rebote. Su desplazamiento en la cancha es un constante fluir y no se trata de estrategia, su identidad es el juego en persistente continuidad.
Ahora se enfrenta al Puntano Bustos, campeón interprovincial. Un tipo de mirada sombría y pocas palabras que está entrando al trinquete. Su dupla, Amancio Puertas, acompaña al talento de Bustos sin opacarlo.
El juego inicia con un saque violento de Bustos. Amilcar devuelve con efectiva tosquedad y Amancio responde con un golpe de sobrebrazo.
Tratándose de federados, la velocidad aumenta en cada rebote y es ahí cuando Marcos despliega aquello que lo hace particular. Es en su segunda intervención cuando, de un revés sorpresivo, resuelve un punto que lo deja a Puertas tendido sobre el cemento.
Sin dificultad y luego de cuarenta y cinco minutos, Marcos y Amílcar obtienen la victoria. El puntano rindió poco y eso se debió tanto al desempeño de la dupla contrincante como a la resaca de la noche anterior. De todas formas, nadie que haya estado presente en uno u otro baile se animó a recriminarlo.
Justificado o no, el recelo histórico ante el porteño suele tomarse revancha en este tipo de ocasiones y, aunque Bustos esté habituado a la tensión de competir, no siempre se amanece con el ánimo indicado. Nunca se sabe lo que puede pasar.
Por el momento hay silencio en el ambiente, una omisión que retarda el festejo y en la que habitan vaya a saber qué fantasmas. Del Virreinato a esta parte, mucha sangre ha corrido por aquel suelo.
―Vencedor: Marcos Piñero. ¡Vencedor! ¡De la calle Moreno, salió el nuevo campeón!
La voz de Oscar se replica en los cuarenta y tantos espectadores que, al unísono, cantan un elogio a Marcos.
Extasiado, olvida saludar a sus rivales y se dirige como un autómata al vestuario. Amílcar permanece un rato más en el trinquete, se acerca a Bustos y lo saluda con discreción.
―¡Su furia atronadora no admite compasión! ¡Vencedor! Marcos Piñero ¡Vencedor!
―¡Tu pibe es aguerrido y ni lo saludó! –grita Aníbal al oído de Oscar que, aturdido, se dirige al vestuario para abrazar a su hijo.
El puntano está elongando, aún no sale del frontón. Con la mirada fija en el lado que hay pared se lo ve extraviado y nadie se le acerca. Su dupla habla en ronda, gesticula con tres integrantes de la comitiva.
―¡Cada partido jugás mejor! Estoy orgulloso y, una vez más, sorprendido de ver lo que hiciste. Por fortuna, Natalio trajo la cámara de su cuñado. Japonesa, una maravilla. Con Aníbal vamos a colocar un cartel con tu foto en la entrada, sobre Moreno. Apenas terminaron de jugar, Natalio salió a buscar una casa de revelado.
―¡Te vamos a poner sobre la calle Moreno, porque la gente ni en pedo sospecha lo que pasa acá adentro! ―Entra gritando Aníbal.
Se abrazan, lloran y lo miran a Marcos que, con expresión beata, les sonríe. No alcanza a comprender cuánto hay de mito en lo que tejen sobre él pero el triunfo fue evidente y, pase lo que pase, lo ocurrido está impregnado en algún rincón de la pared. Para saberlo, alcanza con ver las marcas del frontón.
Claudio y su hijo observan la escena de lejos. Amílcar es parco y, además, no se identifica con la victoria. La siente extraña y ajena a su voluntad. Piensa con frecuencia en grupos musicales, en discos que tenían sus padres. Piensa en duetos, casi siempre piensa en duetos. En especial concentrado en aquellos donde se destaca una sola de las partes, imagina las canciones y se identifica.
Natalio entra al vestuario y con gesto contrariado le acerca un sobre a Oscar, quien se aparta entusiasmado del grupo para abrirlo. Chequea dos veces el contenido y a la segunda mirada las fotos abandonan la pila para ir cayendo al piso.
A partir de ese momento, la expresión de Oscar parece caer más allá de su rostro, un cónclave de pliegues que definen la mezcla exacta entre ira y tristeza.
―Salieron movidas, pichón. Me explicaron cómo se usa, pero a mi cuñado a veces no lo entiendo, me marea. Y es que estos insisten con la reflex, la verdad que no tiene sentido porque ni siquiera sabemos cuál es la diferencia. Yo no soy fotógrafo –se justifica Natalio mientras Aníbal los mira, cauteloso, para después tomar la palabra. Él es el único que no expresa angustia o que en todo caso, le huye despavorido y vislumbra en la acción algún tipo de salida, por más forzosa o incoherente que sea, para ganarle algunos metros al fracaso.
―Ni en pedo dejemos pasar esta oportunidad, el pibe se mandó un partidazo y no podemos dejarlo a pie con esta suerte. La idea del mural ya ni dormir me deja y, teniendo aún la carne en el asador, hay que hacer algo. Podemos convencer al puntano para repetir la toma del triunfo, como si jugaran en cámara lenta, y que Natalio esté atento al tiro. Puede parecer una locura, pero es posible. Tenemos que tocarle bien hondo el orgullo.
―¿Y quién convence al Puntano? Marquitos ni lo saludó al terminar el partido ―reflexiona Claudio y Oscar lo interrumpe.
―Si no lo saludó, mejor aún. Al tipo hay que agarrarlo en caliente. Es una empresa complicada pero lo puedo convencer. Son muchos años de docente los que tengo encima y manejé situaciones similares. No hay que perder más tiempo en boludeces, tengo que encararlo antes que salga del trinquete.
―Qué huevos, Oscarcito ―murmura Aníbal, emocionado.
Con la fe de sus amigos y un gesto extraño de Marcos a cuestas, Oscar sale del vestuario con aire desafiante, asimilando a cada metro una seguridad que le será necesaria para plantarse ante el Puntano.
Espera a que la comitiva se aleje un poco, aminora el paso y nota que desde el frontón Bustos lo mira. Oscar distingue un paréntesis entre el bullicio de aficionados y se le acerca. El Puntano es un tipo enorme, incluso más grande que Aníbal.
―Bustos, es un honor tenerte en Buenos Aires. Sigo de cerca tus victorias y admiro tanto tu técnica, contundente, como la garra que ponés en cada jugada. Si no es molestia, me gustaría pedirte un autógrafo.
El Puntano detiene su elongación y lo mira desconfiado, percibe algo extraño en la excesiva cordialidad de Oscar.
―Entiendo que debés estar cansado de firmar autógrafos, pero esto es especial. Voy a serte franco, el autógrafo es para mi hijo. Te admira demasiado y se fue de la cancha avergonzado, por la victoria. Sos un ídolo para él y el triunfo lo excedió, está en el vestuario llorando, como una mujer.
Bustos sonríe y toma la birome de Oscar, que sostiene una libreta donde el Puntano anota: “A tu madre, con afecto”.
De haber intuido al menos un indicio del sarcasmo, Oscar jamás hubiese sido tan poco prudente con Bustos y mucho menos, dejarse rodear por su comitiva entera. Pero las cartas jugadas no le dejan opción. Absorbe una bocanada de aire e intenta serenarse mientras guarda su libreta.
―Valoro mucho el buen tino y tu sentido del humor, Puntano, que años atrás me hubiese llevado a romperte la cara. Aunque solo a mi pesar, por no haber comprendido a quién le hablo. Ahora es diferente; soy más diplomático y me toca jugar de anfitrión ―se toma un respiro y continúa―. Voy a confesarte otra cosa, también a mi pesar. Traté de disuadirlo, pero mi hijo quiere darte la revancha ahora mismo. Esta vez prefiere jugar un single, porque él solo se carga al hombro la situación y no necesita de otros para dejar en claro quién es quién.
El Puntano sonríe mientras la gente de su comitiva comienza a prestarle atención a la charla.
―Quiere jugar un punto nomás, pero uno importante, un punto que si ganás lo obligue a anular su victoria. Una revancha con mayúscula quiere darte mi pibe. ¿Y sabés por qué lo hace? Porque le dio pena ganar tan fácil. Ganarle al ídolo es como vencer a un padre, despierta una progresión de sentimientos que se concilian en la pena. Es probable que, cuando le devuelva la libreta firmada, Marquitos use tu nombre para limpiarse el culo. Es una historia que se repite, generación tras generación.
Oscar aprovecha el silencio para tomar distancia mientras la comitiva observa desconcertada y Bustos, confundido, acepta el desafío.
Sonriente, Oscar regresa al vestuario e informa a los suyos sobre la eventualidad de repetir la última jugada, pero a tiempo real y uno contra uno.
Marcos acepta titubeando, motivado solo por la arenga que lo empuja del vestuario a la cancha. Mientras tanto, Oscar explica de forma concisa el ajuste de la reflex a Natalio, que asiente con determinación.
Amílcar palmea la espalda de Marcos, entiende que su compañero no tiene más alternativa que jugar ese punto y que, tal vez, se trate del costo a pagar por ser un jugador diferente. Después arma el bolso y saluda a Claudio, quien comprende que su hijo no quiera presenciar la revancha.
―Vos sacá bien al ras, filoso, que tenga que levantarla desde abajo de la cintura; acordate del tiro con efecto. Así puede aguantar a lo sumo cinco rebotes y después, rematás por la izquierda. No te olvides del golpe con efecto ―Oscar aconseja y Marcos asimila con la vista perdida en el cemento.
Natalio asegura el trípode en una ubicación, a su criterio privilegiada, mientras Claudio y Aníbal saludan con un movimiento de cabeza a Bustos. Todo está en orden para que comience el peloteo definitivo.
Los contrincantes se miden en silencio, cercanos, controlando cada centímetro de frontón. A Marcos le corresponde el saque por haber ofrecido la revancha aunque, de todas formas, se trate de un partido sin otro reglamento que el del amor propio.
La cámara captura el andar vertiginoso de los jugadores que poco a poco se sumergen en el partido. El silencio en el club es absoluto y hace del trinquete un espacio hermético, no se oye más que el rebote de una pelota que ahora es casi invisible. El juego absorbe la concentración de cada uno de los presentes, tanto puntanos como porteños están inmersos en el desafío. A cada segundo los movimientos se tornan más vertiginosos.
Marcos casi falla al devolver un tiro filoso de Bustos, que cree alcanzar la victoria y en esa distracción, ocurre algo diferente, la pelota que anuncia el efecto ya conocido. El Puntano acelera con toda su fuerza y el alma, estañado a su paleta para devolver un tiro impensado y subliminal. Un tiro que lo hace rodar por el piso en lo que tal vez resulte la más lamentable humillación que el frontón de la calle Moreno haya presenciado.
El grito de impotencia, al girar en falso y perder el equilibrio, tapa el ruido a brazo roto que anticipa la caída de Bustos. Los porteños se acercan a Marcos, lo abrazan mientras el Puntano mira desde el suelo, dolorido, a su gente que lo asiste.
La magia aleja a Natalio del trípode con la expresión de haber obtenido una visión del más allá. Testigo indiscreto de algo que lo supera, sonríe, incapaz de poner en palabras ese detalle que solo él con su cámara acaban de presenciar.
Aníbal se dirige raudo al buffet. Su andar evoca al de un soldadito plástico en manos de un niño trastornado. Vuelve rápido, con una botella de espumante que abre histriónico ante sus amigos. Toma un trago del pico y llena las copas que Claudio le acerca. Beben de los trofeos, hoy se sienten romanos e invencibles.
Después de un intento fallido por asistir al Puntano, que lo ignora, Marcos se une al festejo. Aníbal trae más botellas mientras trazan los planes para continuar la celebración del doble y heróico triunfo.
Se hace un silencio cuando el Puntano se retira del club acompañado por la comitiva y un pariente que, mapa en mano, pregunta desde la salida por el hospital de guardia más cercano. Ajenos a la crueldad indican el Santa Lucía, oftalmológico, pero es la euforia la que habla por ellos. Una vez solos, continúan festejando.
―¡La foto es un éxito, muchachos! ―grita Natalio, repuesto.
Diego Ontivero es artista visual, diseñador gráfico y docente universitario con más de veinte años de experiencia en el trabajo con imágenes. Su formación incluye estudios con referentes como Daniel Roldán, Cristian Turdera y Tulio de Sagastizábal, lo que le ha permitido integrar enfoques y técnicas diversas en su práctica.
Desde 1997 hasta la actualidad ilustra para las revistas Viva y Ñ , también la sección “Opinión” del diario Clarín. De 2000 a 2013 fue coeditor de la Colección Orbital, arte editorial. Ha publicado libros álbum con Pequeño Editor, Comunicarte, Sudamericana y Uranito, entre otras. Bonaerencia es su primera novela.
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